jueves, 1 de marzo de 2012

Estamos condenados a vivir para seguir muriendo

La primera persona que se enamoró nos condenó.
 Nos condenó a pasar noches en vela, al placer, a la risa, a los llantos. Nos condenó a vivir con un pie en cada mundo, a pensar por dos personas, y a sufrir por dos también; A un espacio de dos en la cama alternado con noches en el sillón; A probar labios que se convertirán en nuestra droga, a deshacernos de ellos; A perder la cabeza para que te ayuden a encontrarla y tener la oportunidad de volverla a perder; A ser incomprensible, únicamente comprendida por las repetitivas canciones de amor ;A sentirte especial, a desear no sentir nada en absoluto; A derribar paredes, a construir castillos en el aire; A pensar que los príncipes existen, a no creer en los cuentos; A creer en las hadas, a querer ser una princesa sin corona; A ser criticado, a ser envidiado.
A vivir deprisa, a desear parar el tiempo contínuamente; A largos días de espera, a cortas noches en los brazos de otra persona; A confiar en un amuleto, a perder toda esperanza; A ser alta como las nubes, a estar a la altura del asfalto; A gritar palabras incomprensibles, a susurrar largos discursos al oído; A entrelazar las manos, a separar los corazones; A correr sin rumbo fijo, a andar sabiendo tu destino.
La primera persona que se enamoró nos condenó a ser amados.