jueves, 14 de junio de 2012

El amor no es más que un tropiezo acertado.

El primer escalón siempre se me olvida, nunca recuerdo cómo empezar y siempre acabo tropezándome. Caigo directamente en el segundo, aún con la mente ocupada pensando en cómo se movían sus labios al hablarme o como me veía en sus ojos al mirarme. El pie continúa rozando ya el tercer escalón donde comienza a aparecer su voz, recorriendo lentamente todos los recovecos de mi mente, esa voz que empezó a convertirse en su risa cuando el cuarto escalón ya había quedado atrás. El quinto, igual que el número de sonrisas que ya has sacado. Por inercia tus piernas siguen avanzando y tus ojos siguen creando imágenes en el escalón que presenció el momento en el que tu corazón se sincronizó con su respiración, que en el siguiente, se convertiría en el bajo de la canción que comenzaría como siempre, a sonar en el octavo. Ya comenzaba a verse el rayo de luz que entraba por debajo de la puerta, y significaba que los escalones iban acabándose, pero aún en el noveno mi mente reproducía la melodía que me hacía saltar siempre la décima bajada, terminando así bailando con el perchero   mientras me colocaba la chaqueta y giraba la llave de la puerta.
Me hago la sorprendida cada vez que al abrir la puerta veo otra escalera. Exactamente igual a la que acabo de bajar, exactamente igual a las que llevo bajadas sin descanso. Pero...No lo entiendo, su chaqueta siempre está en el perchero, él debería estar detrás de la puerta como siempre cuando... 
Como siempre cuando esto nunca pasó.