Aprovechaba las noches, sobretodo en las que la luz de la Luna estaba oculta tras las nubes, era el momento perfecto para deslizarse pasando desapercibido por las oscuras calles de la ciudad en la que vivía.
Era una población bastante peculiar. Dicen que las farolas lucían gracias a los sueños de la gente. Cuando un niño dormía y soñaba, podía abastecer de energía una casa entera. En cambio cada mañana cuando los habitantes se despertaban, la ciudad volvía a ser normal, sin nada especial. Sin embargo ocurría un extraño suceso y noche tras noche desde hacía unos meses, se apagaba una casa.
Todas las pistas nos dirigían a un antiguo taller de un carpintero. Era un hombre solitario, nunca se le vio acompañado de nada más que su propia sombra, al igual que nunca apareció una sonrisa en su arrugada cara. Sus paseos solían comenzar a altas horas de la madrugada, y acababan una vez cumplida su misión: recolectar tiempo.
Tristemente, los sueños no era lo único que caracterizaba a esa extraña ciudad. Allí el tiempo era intercambiable. Los minutos podían ser comprados y vendidos... Y robados. Solo había que tener un poquito de habilidad mezclado con la maldad que regalaba la soledad, como la que a este hombre caracterizaba.
Cada vez que los ojos de los niños se cerraban para comenzar a soñar, los del anciano se abrían más que nunca y comenzaba el terror que atemorizaba a toda la ciudad.
Su táctica era bastante compleja ya que para transmitir tiempo de unas personas a otras ambas tenían que estar de acuerdo pero, cuando las mentes sueñan, todo puede ser posible. Cuando había visualizado la casa de su víctima, se deslizaba al interior de su casa, y sigilosamente, colocaba los dedos sobre la frente de su objetivo. A cualquier persona le recorrería un escalofrío viendo un cuerpo rejuvenecer en la palma de tu mano, en la que poco a poco desaparecen las arrugas.
Esa rutina es la que había decidido seguir, desde que un día pensó que el tiempo que la vida le regalaba no era suficiente. Nunca se conformaba, todo le parecía color azabache, necesitaba vivir más y pasaba las horas planeando cómo llenar su bolsillo de minutos.
Tanto tiempo invirtió pensando en sí mismo, que cuando quiso darse cuenta era demasiado tarde.¿Demasiado tarde para qué? Si tenía todo el tiempo del mundo... Demasiado tarde para encontrar a alguien con quien vivir ese tiempo. Esos minutos que un día robó fueron su sentencia, su sin vivir, la cadena perpetua que tuvo que cumplir.