domingo, 29 de abril de 2012

Nunca le gustó dormir.

Se trata de una chica normal; es bajita, con una larga melena morena, unos profundos ojos verdes y generalmente una sonrisa siempre a la vista. Es dulce, cariñosa y sentimental. Se pasa el día en su mundo, pero también alegra el nuestro con sus amplias sonrisas. Su único defecto; es demasiado enamoradiza.
Por supuesto, no se enamora de cualquiera, aunque en seguida cae hechizada si ve unos ojos bonitos, y hace tiempo conoció a unos. Se levanta, desayuna, anda, come, salta, corre, grita, sonríe, llora, ríe, juega, habla... y se acuesta pensando en ellos. Esa es su rutina de todos los días, pero la pasada noche no fue igual, no se levantó sonriente, no se movió de la cama en una hora, no tenía fuerzas.
No deja de preguntarse qué pudo pasar ya que acostarse pensando en ellos era algo común, y soñar era su vía de escape de la realidad favorita. Pero ese sueño, era y no era como los demás.
Era, porque aparecían aquellos mágicos ojos, y no lo era porque no se levantó feliz, ni siquiera intentó volverse a dormir como hacía siempre, no se puso la almohada en la cara, no cerró los ojos con fuerza, no, los abrió e intentó olvidar esa noche.
Después de mirar al techo durante un largo rato algo la hizo saltar de la cama, mirarse al espejo, colocarse el pelo lo mejor que pudo con un simple moño y bajó las escaleras despidiéndose de sus padres, no podía perder tiempo. Al abrir la puerta paró en seco. Llovía. Los gritos de su madre, las gotas llegando con fuerza al suelo, las mariposas en su estómago, sus piernas temblando por el frío que no conseguía quitar el pijama, la incitaron a correr. Los primeros pasos sobre el suelo aún eran inseguros, pero cuando recordó el sueño, volvieron sus locas ganas de correr y no parar, tenía que llegar a tiempo.
Miraba el reloj constantemente mientras buscaba la calle que parecía alejarse más y más por cada paso que daba. No dejó de llover en ningún momento y cada vez le costaba más correr con el pijama empapado. Quedaban pocas calles, el pulso se le aceleraba, no sabía muy bien lo que hacía pero seguía adelante.
Al llegar no tardó en encontrar la casa, el número 7 que tan bien permanecía en su memoria. No podía llamar o su plan fallaría, pero sabía trepar y esas ventanas no tenían fríos barrotes que las separaran del exterior, al menos de momento.
Consiguió entrar, y allí seguía, tal y como ella planeaba él aún dormía. Faltaba un minuto para las nueve, que era cuando el despertador rompía todas las mañanas el silencio que inundaba la habitación. Cuando sonó, sus manos estaban entrelazadas, sus labios se encontraban a un centímetro, tan cerca que oyó el suave susurro que decía "Yo también he soñado contigo".

jueves, 5 de abril de 2012

Las mayúsculas os explicarán las minúsculas.

Menudo día.
Esperando, únicamente esperando a que llegue su señoría.


Faltan minutos para que acabe y vuelva a empezar otra pesada rutina.
Aguantar otras 24 horas sin que llegue la impuntual inspiración.
Llegará, sí, seguramente se presente sin previo aviso.
Tarde o temprano llamarán a la puerta, procuraré no despistarme.
Aún nadie ha conseguido sacarla de ese rincón en el que se oculta y traerla ante mí.


Imaginarme que está aquí realmente no me sirve para llevar a cabo mi cometido.
No quiero tener que forzarla, quiero que aparezca sola.
Siempre está la opción de llamarla, pero creo que perdió el oído hace mucho tiempo.
Podría escribirle cartas, pero desgraciadamente, creo que también carece de ojos.
Inventar una nueva forma de contactar con ella es lo único factible.
Recurrir a la magia, creo que eso funcionaría.
Aunque no reparé en que la magia tampoco se presenta por aquí desde hace semanas.
Cavar, eso es, exploraré cada centímetro de mi cerebro para encontrarlas.
Investigaré cada lugar que pise por si alguna vez han pasado por allí.
Os lo suplico, venid ya, os necesito.
No puedo vivir sin la magia que crea la inspiración.