Por supuesto, no se enamora de cualquiera, aunque en seguida cae hechizada si ve unos ojos bonitos, y hace tiempo conoció a unos. Se levanta, desayuna, anda, come, salta, corre, grita, sonríe, llora, ríe, juega, habla... y se acuesta pensando en ellos. Esa es su rutina de todos los días, pero la pasada noche no fue igual, no se levantó sonriente, no se movió de la cama en una hora, no tenía fuerzas.
No deja de preguntarse qué pudo pasar ya que acostarse pensando en ellos era algo común, y soñar era su vía de escape de la realidad favorita. Pero ese sueño, era y no era como los demás.
Era, porque aparecían aquellos mágicos ojos, y no lo era porque no se levantó feliz, ni siquiera intentó volverse a dormir como hacía siempre, no se puso la almohada en la cara, no cerró los ojos con fuerza, no, los abrió e intentó olvidar esa noche.
Después de mirar al techo durante un largo rato algo la hizo saltar de la cama, mirarse al espejo, colocarse el pelo lo mejor que pudo con un simple moño y bajó las escaleras despidiéndose de sus padres, no podía perder tiempo. Al abrir la puerta paró en seco. Llovía. Los gritos de su madre, las gotas llegando con fuerza al suelo, las mariposas en su estómago, sus piernas temblando por el frío que no conseguía quitar el pijama, la incitaron a correr. Los primeros pasos sobre el suelo aún eran inseguros, pero cuando recordó el sueño, volvieron sus locas ganas de correr y no parar, tenía que llegar a tiempo.
Miraba el reloj constantemente mientras buscaba la calle que parecía alejarse más y más por cada paso que daba. No dejó de llover en ningún momento y cada vez le costaba más correr con el pijama empapado. Quedaban pocas calles, el pulso se le aceleraba, no sabía muy bien lo que hacía pero seguía adelante.
Al llegar no tardó en encontrar la casa, el número 7 que tan bien permanecía en su memoria. No podía llamar o su plan fallaría, pero sabía trepar y esas ventanas no tenían fríos barrotes que las separaran del exterior, al menos de momento.
Consiguió entrar, y allí seguía, tal y como ella planeaba él aún dormía. Faltaba un minuto para las nueve, que era cuando el despertador rompía todas las mañanas el silencio que inundaba la habitación. Cuando sonó, sus manos estaban entrelazadas, sus labios se encontraban a un centímetro, tan cerca que oyó el suave susurro que decía "Yo también he soñado contigo".
Miraba el reloj constantemente mientras buscaba la calle que parecía alejarse más y más por cada paso que daba. No dejó de llover en ningún momento y cada vez le costaba más correr con el pijama empapado. Quedaban pocas calles, el pulso se le aceleraba, no sabía muy bien lo que hacía pero seguía adelante.
Al llegar no tardó en encontrar la casa, el número 7 que tan bien permanecía en su memoria. No podía llamar o su plan fallaría, pero sabía trepar y esas ventanas no tenían fríos barrotes que las separaran del exterior, al menos de momento.
Consiguió entrar, y allí seguía, tal y como ella planeaba él aún dormía. Faltaba un minuto para las nueve, que era cuando el despertador rompía todas las mañanas el silencio que inundaba la habitación. Cuando sonó, sus manos estaban entrelazadas, sus labios se encontraban a un centímetro, tan cerca que oyó el suave susurro que decía "Yo también he soñado contigo".