martes, 10 de julio de 2012

Hoy he cenado piña.

Parecía interminable en el papel, pero en el mundo real se estaban agotando los latidos del corazón por cada paso en el que temblaban las piernas. Aún así se revivía todo cuando los ojos perseguían las palabras escritas, aunque esquivando las que una lágrima tapó, a las cuales se les arrebató el sentimiento que residía en la tinta ya seca de aquel bolígrafo que nunca tuvo importancia especial. Ya sospechaba que el bolígrafo, lápiz, color, rotulador... no era lo que le daba la esencia a aquellas palabras, aunque fueran escritas por los dedos, habría sentido lo mismo si pudiera volver a leerlas como ocurre con la tinta.
Parece que, cuando lees algo que hace tiempo que escribiste, en realidad es un reflejo de tu piel, en la que quedaron escritas y guardadas todas aquellas palabras en algún momento. Es como una partitura, todas y cada una de las palabras crean una melodía propia que, aunque se tache, borre, rompa o queme, nunca puede ser eliminada, porque en el momento que se escribe en tu interior queda constancia de que aquello, por poco o mucho tiempo, estuvo escrito. 
La sensación de saber terminar las frases pero sobretodo la sensación de saber continuar el escrito por donde lo dejaste, saber cómo terminarlo o saber revivir el punto final que pusiste, te llevan a pensar que no solo hay palabras que no pueden ser cambiadas, sino muchos sentimientos, escritos en el mejor papel que mi organismo conoce, en el corazón.
Mientras leía lo escrito mi mente creaba más aún, y utilizó varias páginas de mi cuaderno rojo, el mismo cuaderno en el que un día anoté que la piña me daba alergia y en el que quedó constancia que no volvería a tomarla.
Por desgracia arranqué páginas del cuaderno para guardarlas en un sitio más seguro, pero se me perdieron por el camino. Hoy al verlas en tus manos me temblaron los labios, había comido piña y tú supiste lo que iba a pasar cuando me caí en tus brazos.
Aunque yo no culparía a la piña.

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