viernes, 2 de noviembre de 2012

Tuvo todo y más bien nada.

Aprovechaba las noches, sobretodo en las que la luz de la Luna estaba oculta tras las nubes, era el momento perfecto para deslizarse pasando desapercibido por las oscuras calles de la ciudad en la que vivía.
Era una población bastante peculiar. Dicen que las farolas lucían gracias a los sueños de la gente. Cuando un niño dormía y soñaba, podía abastecer de energía una casa entera. En cambio cada mañana cuando los habitantes se despertaban, la ciudad volvía a ser normal, sin nada especial. Sin embargo ocurría un extraño suceso y noche tras noche desde hacía unos meses, se apagaba una casa.
Todas las pistas nos dirigían a un antiguo taller de un carpintero. Era un hombre solitario, nunca se le vio acompañado de nada más que su propia sombra, al igual que nunca apareció una sonrisa en su arrugada cara. Sus paseos solían comenzar a altas horas de la madrugada, y acababan una vez cumplida su misión: recolectar tiempo. 
Tristemente, los sueños no era lo único que caracterizaba a esa extraña ciudad. Allí el tiempo era intercambiable. Los minutos podían ser comprados y vendidos... Y robados. Solo había que tener un poquito de habilidad mezclado con la maldad que regalaba la soledad, como la que a este hombre caracterizaba.
Cada vez que los ojos de los niños se cerraban para comenzar a soñar, los del anciano se abrían más que nunca y comenzaba el terror que atemorizaba a toda la ciudad. 
Su táctica era bastante compleja ya que para transmitir tiempo de unas personas a otras ambas tenían que estar de acuerdo pero, cuando las mentes sueñan, todo puede ser posible. Cuando había visualizado la casa de su víctima, se deslizaba al interior de su casa, y sigilosamente, colocaba los dedos sobre la frente de su objetivo. A cualquier persona le recorrería un escalofrío viendo un cuerpo rejuvenecer en la palma de tu mano, en la que poco a poco desaparecen las arrugas.
Esa rutina es la que había decidido seguir, desde que un día pensó que el tiempo que la vida le regalaba no era suficiente. Nunca se conformaba, todo le parecía color azabache, necesitaba vivir más y pasaba las horas planeando cómo llenar su bolsillo de minutos. 
Tanto tiempo invirtió pensando en sí mismo, que cuando quiso darse cuenta era demasiado tarde.¿Demasiado tarde para qué? Si tenía todo el tiempo del mundo... Demasiado tarde para encontrar a alguien con quien vivir ese tiempo. Esos minutos que un día robó fueron su sentencia, su sin vivir, la cadena perpetua que tuvo que cumplir.

martes, 7 de agosto de 2012

Mariposa's burger king

6th August. Those eyes. Deep green. White cap, red t-shirt, brown trousers, funny smile... Those eyes. It wasn't only the color... It was the shape, the way they looked, the shine they had... I don't know why I fell directly to the ground.
Something's telling me I will see those eyes again, don't know when, where or how because I don't even know the name of the boy who has the chance of having those eyes, but that thing keeps telling me to try it. Nothing is impossible, isn't it?

viernes, 20 de julio de 2012

Acabaremos convirtiéndonos en nuestros diarios.

Érase una vez una chiquilla de ojos saltones que habitaba en una pequeña casa alejada de la ciudad y de todo lo que ésta conllevaba. La chiquilla vivía sola con su gatito y sus escritos. Sus diarios eran lo más importante para ella desde el día en el que cometió el peor error que pudo cometer. Ahora tenia 18 años, pero aún reproducía una y otra vez el momento en el que su corazón comenzó a latir más lento en ese fatídico día nublado de febrero.
Cada noche le contaba una y otra vez la historia a su gatito, Mistles, que con gran atención y arqueando las orejas de vez en cuando escuchaba sin perder un solo segundo de la explicación. No siempre le contaba la historia entera, no, volvía a empezar desde el principio todas las noches pero cada vez añadía un poco más, quería agotar sus días contando lo que más le había dado vida nunca. 
En aquellas vacaciones sus padres habían decidido partir sin ella, así que no tenía por qué acostarse, es más, le gustaba bastante poco dormir y aunque no hubiera ruido de coches y motores, ella ponía en su cabeza el ruido necesario para no caer rendida en la cama.

Pero una noche, tras haber contado sus historias hasta que el gatito hubo cerrado los ojos, ni el más profundo de los silencios conseguía que sus párpados le pesaran más que lo que pesa una pluma en el viento. No dejaba de dar vueltas en la cama, deshaciéndola un poco más por cada movimiento, no entendía por qué y el sudor estaba apareciendo impidiendo su tranquilidad de cualquier forma.
Ya desesperada bajó al piso de abajo deslizándose por la barra metálica que tanto le gustaba usar, se miró en el espejo y se dio cuenta de que lo que recorría su cara no era sudor.

Mientras observaba detenidamente el extraño suceso en su doble del espejo, la veleta que había en el tejado comenzó a girar más fuerte que nunca, parecía que iba a levantar la casa de la fuerza que tenía, pero Tania ( que así se llamaba la muchacha ) estaba absorta palpando con sus dedos ese extraño líquido que descendía por sus mejillas que no se percató del estruendoso ruido. Al hacer esto, se dio cuenta de que su cuerpo estaba empezando a endurecerse, había perdido la movilidad de las piernas y los brazos comenzaban a caer al mismo tiempo que el líquido brotaba de todas las partes de su cuerpo.
Lo último que sus ojos pudieron mirar fue un calendario bastante roto con todos los días tachados con cruces rojas salvo el de esa noche, el aniversario de su gran error. Antes de caer al suelo, oyó el timbre y acto seguido la puerta abriéndose lentamente, dejando pasar un rayo de luz y una silueta conocida. Antes de hacer una nueva cruz en el calendario, poco a poco la silueta se convirtió en una cara conocida, que con asombro observaba a Tania en la colorida alfombra de su salón. El líquido había cesado de brotar y había dejado secuelas en su cuerpo. Palabras con ningún sentido aparente, palabras de sus diarios, palabras que todas las noches se oían bajo la ventana de la chica... Se había convertido en su pasado, se había convertido ella misma en un diario... Inmóvil en el suelo, en los brazos de la persona que había entrado por la puerta segundos atrás que parecía conocer su cara con todo detalle, apareció otro líquido, mucho más común y salado que poco a poco fue borrando las palabras que adornaban su rígido cuerpo. Todas se esparcieron y tiñeron la alfombra con su oscuro color negro... Todas salvo una que quedó escrita en sus labios...Siempre.

martes, 10 de julio de 2012

Hoy he cenado piña.

Parecía interminable en el papel, pero en el mundo real se estaban agotando los latidos del corazón por cada paso en el que temblaban las piernas. Aún así se revivía todo cuando los ojos perseguían las palabras escritas, aunque esquivando las que una lágrima tapó, a las cuales se les arrebató el sentimiento que residía en la tinta ya seca de aquel bolígrafo que nunca tuvo importancia especial. Ya sospechaba que el bolígrafo, lápiz, color, rotulador... no era lo que le daba la esencia a aquellas palabras, aunque fueran escritas por los dedos, habría sentido lo mismo si pudiera volver a leerlas como ocurre con la tinta.
Parece que, cuando lees algo que hace tiempo que escribiste, en realidad es un reflejo de tu piel, en la que quedaron escritas y guardadas todas aquellas palabras en algún momento. Es como una partitura, todas y cada una de las palabras crean una melodía propia que, aunque se tache, borre, rompa o queme, nunca puede ser eliminada, porque en el momento que se escribe en tu interior queda constancia de que aquello, por poco o mucho tiempo, estuvo escrito. 
La sensación de saber terminar las frases pero sobretodo la sensación de saber continuar el escrito por donde lo dejaste, saber cómo terminarlo o saber revivir el punto final que pusiste, te llevan a pensar que no solo hay palabras que no pueden ser cambiadas, sino muchos sentimientos, escritos en el mejor papel que mi organismo conoce, en el corazón.
Mientras leía lo escrito mi mente creaba más aún, y utilizó varias páginas de mi cuaderno rojo, el mismo cuaderno en el que un día anoté que la piña me daba alergia y en el que quedó constancia que no volvería a tomarla.
Por desgracia arranqué páginas del cuaderno para guardarlas en un sitio más seguro, pero se me perdieron por el camino. Hoy al verlas en tus manos me temblaron los labios, había comido piña y tú supiste lo que iba a pasar cuando me caí en tus brazos.
Aunque yo no culparía a la piña.

jueves, 14 de junio de 2012

El amor no es más que un tropiezo acertado.

El primer escalón siempre se me olvida, nunca recuerdo cómo empezar y siempre acabo tropezándome. Caigo directamente en el segundo, aún con la mente ocupada pensando en cómo se movían sus labios al hablarme o como me veía en sus ojos al mirarme. El pie continúa rozando ya el tercer escalón donde comienza a aparecer su voz, recorriendo lentamente todos los recovecos de mi mente, esa voz que empezó a convertirse en su risa cuando el cuarto escalón ya había quedado atrás. El quinto, igual que el número de sonrisas que ya has sacado. Por inercia tus piernas siguen avanzando y tus ojos siguen creando imágenes en el escalón que presenció el momento en el que tu corazón se sincronizó con su respiración, que en el siguiente, se convertiría en el bajo de la canción que comenzaría como siempre, a sonar en el octavo. Ya comenzaba a verse el rayo de luz que entraba por debajo de la puerta, y significaba que los escalones iban acabándose, pero aún en el noveno mi mente reproducía la melodía que me hacía saltar siempre la décima bajada, terminando así bailando con el perchero   mientras me colocaba la chaqueta y giraba la llave de la puerta.
Me hago la sorprendida cada vez que al abrir la puerta veo otra escalera. Exactamente igual a la que acabo de bajar, exactamente igual a las que llevo bajadas sin descanso. Pero...No lo entiendo, su chaqueta siempre está en el perchero, él debería estar detrás de la puerta como siempre cuando... 
Como siempre cuando esto nunca pasó.

miércoles, 23 de mayo de 2012

No recuerdo exactamente el sitio en el que dejé de recordar.

"La carne de gallina contrasta con el sudor de otras veces" decía sin parar el pequeño a su madre, que parecía no prestarle atención a pesar de su insistencia. Se sentía extraño al no tener que llevar gafas de sol bajo éste, pero no le dio mucha importancia, siguió andando junto a su madre, evitando las líneas que separaban cada baldosa como siempre, para que no aparecieran monstruos. 
Estaba feliz, ¡Iban a ver a los abuelos! Qué sorpresa, llevaba meses deseando verles, no podía esperar más. Al entrar a casa de sus abuelos su sorpresa fue mayor, también estaban sus tíos y primos, todos reunidos. Era como una comida familiar, aunque echó en falta muchos detalles, por ejemplo el calor, él seguía teniendo mucho frío a pesar de ser verano.
Todos le sonreían al pasar, bueno, a él o a su madre, ya que caminaban uno al lado del otro. Estaban en el salón, cogiéndose de la mano unos a otros, qué cariñosos eran, sobre todo sus abuelos que no paraban de abrazarse. Él también quería un abrazo y saltó corriendo a sus brazos a los que les recorrió un escalofrío en el instante en el que los rozó.
"Por fin" pensó, "no soy el único que tiene frío". Salió corriendo del salón a la habitación de los abuelos, ahí siempre encontraba chaquetas calentitas que ponerse. Al entrar en la habitación se asustó. Había un invitado más, pero estaba tumbado. "Tendrá sueño" pensó, y decidió no abrir el armario para no hacer ruido y que continuara durmiendo. Corrió hacia el salón de nuevo. La puerta se abrió como si una corriente de aire la empujara, y el pequeño les avisó del invitado que tenía sueño, para que no hicieran mucho ruido. 
Su primo pequeño fue hacia la puerta y el resto de la familia decidió hacer lo mismo. "Qué majo es, mi primo pequeño siempre me hace caso, de mayor será un gran aventurero como yo. Le regalaré mi bici, sí, eso es lo que haré, en cuanto arregle la rueda yo se la daré..." Sin darse cuenta se había quedado atrás, se había entretenido pensando y no se acordaba del misterioso invitado que su primito le iba a presentar. Cuando llegó a la habitación hacía aún más frío, y eso que había acelerado el paso para llegar a la vez que todos. Todos se acercaban a la cama, iban a despertar al invitado. "¿Quién será? ¿Seremos amigos? ¿Podremos ir a montar en bici? El sitio de ayer era muy chulo, aunque no me acuerdo exactamente de como llegar...". Miró al suelo, que tenía gotas parecidas a el agua de la lluvia, que caían de un cielo cubierto de negro, no había color en la habitación. Pero no podía distraerse, y se acercó a la cama a dar la bienvenida al nuevo miembro de la familia. Le levantó la cabeza y...
"Espera, ¿y mi carne de gallina? ¡Por fin se me ha pasado el frío!"
-¿Qué haces mamá? Ya no tengo frío, no me pongas la chaqueta. Pero no me la pongas en la cara, que si no, no...
¿Mamá?

domingo, 29 de abril de 2012

Nunca le gustó dormir.

Se trata de una chica normal; es bajita, con una larga melena morena, unos profundos ojos verdes y generalmente una sonrisa siempre a la vista. Es dulce, cariñosa y sentimental. Se pasa el día en su mundo, pero también alegra el nuestro con sus amplias sonrisas. Su único defecto; es demasiado enamoradiza.
Por supuesto, no se enamora de cualquiera, aunque en seguida cae hechizada si ve unos ojos bonitos, y hace tiempo conoció a unos. Se levanta, desayuna, anda, come, salta, corre, grita, sonríe, llora, ríe, juega, habla... y se acuesta pensando en ellos. Esa es su rutina de todos los días, pero la pasada noche no fue igual, no se levantó sonriente, no se movió de la cama en una hora, no tenía fuerzas.
No deja de preguntarse qué pudo pasar ya que acostarse pensando en ellos era algo común, y soñar era su vía de escape de la realidad favorita. Pero ese sueño, era y no era como los demás.
Era, porque aparecían aquellos mágicos ojos, y no lo era porque no se levantó feliz, ni siquiera intentó volverse a dormir como hacía siempre, no se puso la almohada en la cara, no cerró los ojos con fuerza, no, los abrió e intentó olvidar esa noche.
Después de mirar al techo durante un largo rato algo la hizo saltar de la cama, mirarse al espejo, colocarse el pelo lo mejor que pudo con un simple moño y bajó las escaleras despidiéndose de sus padres, no podía perder tiempo. Al abrir la puerta paró en seco. Llovía. Los gritos de su madre, las gotas llegando con fuerza al suelo, las mariposas en su estómago, sus piernas temblando por el frío que no conseguía quitar el pijama, la incitaron a correr. Los primeros pasos sobre el suelo aún eran inseguros, pero cuando recordó el sueño, volvieron sus locas ganas de correr y no parar, tenía que llegar a tiempo.
Miraba el reloj constantemente mientras buscaba la calle que parecía alejarse más y más por cada paso que daba. No dejó de llover en ningún momento y cada vez le costaba más correr con el pijama empapado. Quedaban pocas calles, el pulso se le aceleraba, no sabía muy bien lo que hacía pero seguía adelante.
Al llegar no tardó en encontrar la casa, el número 7 que tan bien permanecía en su memoria. No podía llamar o su plan fallaría, pero sabía trepar y esas ventanas no tenían fríos barrotes que las separaran del exterior, al menos de momento.
Consiguió entrar, y allí seguía, tal y como ella planeaba él aún dormía. Faltaba un minuto para las nueve, que era cuando el despertador rompía todas las mañanas el silencio que inundaba la habitación. Cuando sonó, sus manos estaban entrelazadas, sus labios se encontraban a un centímetro, tan cerca que oyó el suave susurro que decía "Yo también he soñado contigo".

jueves, 5 de abril de 2012

Las mayúsculas os explicarán las minúsculas.

Menudo día.
Esperando, únicamente esperando a que llegue su señoría.


Faltan minutos para que acabe y vuelva a empezar otra pesada rutina.
Aguantar otras 24 horas sin que llegue la impuntual inspiración.
Llegará, sí, seguramente se presente sin previo aviso.
Tarde o temprano llamarán a la puerta, procuraré no despistarme.
Aún nadie ha conseguido sacarla de ese rincón en el que se oculta y traerla ante mí.


Imaginarme que está aquí realmente no me sirve para llevar a cabo mi cometido.
No quiero tener que forzarla, quiero que aparezca sola.
Siempre está la opción de llamarla, pero creo que perdió el oído hace mucho tiempo.
Podría escribirle cartas, pero desgraciadamente, creo que también carece de ojos.
Inventar una nueva forma de contactar con ella es lo único factible.
Recurrir a la magia, creo que eso funcionaría.
Aunque no reparé en que la magia tampoco se presenta por aquí desde hace semanas.
Cavar, eso es, exploraré cada centímetro de mi cerebro para encontrarlas.
Investigaré cada lugar que pise por si alguna vez han pasado por allí.
Os lo suplico, venid ya, os necesito.
No puedo vivir sin la magia que crea la inspiración.

jueves, 1 de marzo de 2012

Estamos condenados a vivir para seguir muriendo

La primera persona que se enamoró nos condenó.
 Nos condenó a pasar noches en vela, al placer, a la risa, a los llantos. Nos condenó a vivir con un pie en cada mundo, a pensar por dos personas, y a sufrir por dos también; A un espacio de dos en la cama alternado con noches en el sillón; A probar labios que se convertirán en nuestra droga, a deshacernos de ellos; A perder la cabeza para que te ayuden a encontrarla y tener la oportunidad de volverla a perder; A ser incomprensible, únicamente comprendida por las repetitivas canciones de amor ;A sentirte especial, a desear no sentir nada en absoluto; A derribar paredes, a construir castillos en el aire; A pensar que los príncipes existen, a no creer en los cuentos; A creer en las hadas, a querer ser una princesa sin corona; A ser criticado, a ser envidiado.
A vivir deprisa, a desear parar el tiempo contínuamente; A largos días de espera, a cortas noches en los brazos de otra persona; A confiar en un amuleto, a perder toda esperanza; A ser alta como las nubes, a estar a la altura del asfalto; A gritar palabras incomprensibles, a susurrar largos discursos al oído; A entrelazar las manos, a separar los corazones; A correr sin rumbo fijo, a andar sabiendo tu destino.
La primera persona que se enamoró nos condenó a ser amados.

miércoles, 8 de febrero de 2012

No me conformo.

Amanece, que no es poco. Veo, observo los minúsculos detalles de los que nadie se percata; siento, hasta el mínimo roce del viento; huelo, hasta los más apetitosos aromas; oigo, a los pájaros por las mañanas y los lobos al anochecer; saboreo, el dulce chocolate, el ácido limón, tristemente, las saladas lágrimas...
Con la cantidad de días que vivimos y únicamente poseemos cinco sentidos para disfrutarlos. No me conformo. Pero, aunque no se le considere sentido, lo que yo más aprecio es la música, que ciertamente, aveces es lo que le da sentido a la vida.
Porque la mejor manera de disfrutar esos cinco sentidos es viviéndolos a través de la música. Mi instrumento, el piano. Veo, dos colores, el blanco y negro, que encierran una misteriosa magia en su interior; siento, las teclas hundiéndose bajo las yemas de mis dedos; huelo, el rastro de la melodía que vuela a mi alrededor; oigo, el hipnótico sonido que emana de él; saboreo, la sensación de poder expresarte sin un sólo movimiento de tu boca.
Espero, confío, sueño, como lo quieras llamar, que en un futuro las personas hablen a través de instrumentos, no solo componiendo canciones, sino a todas horas, en todo momento, hasta que no existan las palabras habladas, hasta que se nos olvide el idioma, hasta que... creemos un nuevo sentido, la música.

viernes, 13 de enero de 2012

Pero mamá...¿Los espejos están hechos de lágrimas?

-M-mamá... Tengo miedo...
+ ¿Qué te pasa cielo?
-He visto a un señor raro, muy raro... y me ha saludado..
+¿Dónde? ¿Qué te he dicho de hablar con desconocidos?
-Pero mamá...Creo que vive dentro de mí...
+¿De qué hablas? Tú... ¡tú eres solo tú!
- ¿Y quién de todos soy yo, mamá? Yo soy color carne, pero cuando me da el Sol me vuelvo negro y alargado; cuando me veo en el espejo, parezco una persona, pero cuando me miro en la cuchara... Me deformo y me doy la vuelta, pero encima, ¡no es lo mismo por los dos lados de la cuchara!; En los ojos de la gente, soy cabezón y bajito; En el charco, estoy formado por hondas y mi forma cambia continuamente; El señor que me saluda está en todas y cada una de esos lugares... Me imita... ¿ese también soy yo?¿Él me copia, o yo le copio a él? 
Mamá, ¿tú como me ves?
+...
-Aunque lo que más me asusta es que en mis lágrimas me veo como en el espejo, los únicos lugares que coinciden... 
Mami....¿Los espejos están hechos de lágrimas?